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Los perros son proclives al decaimiento otoñal

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La depresión afecta a la capacidad del perro de relacionarse con lo que le rodea y puede provocar un deterioro físico. 

Los perros son seres vivos con capacidad de sentir y sufrir. Frente a situaciones como el regreso de las vacaciones o cuando llega el otoño se pueden sentir decaídos. No obstante, hay que distinguir entre la depresión pasajera, que remitirá en unas semanas, de la que tiene un origen físico, relacionado con la actividad hormonal y que es más complicada de tratar. 

La manera de detectar si un perro está deprimido es observar si su comportamiento ha cambiado. Si se le nota apático, y sin ganas de comer o jugar puede ser indicio de que está decaído. La depresión afecta a la capacidad del perro de relacionarse con el mundo que le rodea y puede provocar un deterioro físico. 

Estos baches pueden ser fruto de un decaimiento pasajero en el perro, que es lo que se denomina depresión estacional. Es decir, el perro se deprime porque algo ha cambiado en su rutina habitual, como puede ser el retorno de unas vacaciones, donde pudo disfrutar de más tiempo de ocio con sus dueños. 

Baches difíciles de superar

También hay perros que atraviesan un bache cuando se mudan de casa, porque echan de menos el espacio donde han vivido durante años. Estas situaciones se suelen remontar, si no hay más problemas ocultos. 

Otra circunstancia que se puede producir es la pérdida de un ser querido, con quien el perro se sentía muy unido, ya sea una persona u otro animal. En estos casos puede haber riesgo de un decaimiento más profundo y cuesta más recuperar la normalidad. 

Las causas más habituales que desencadenan la depresión en el perro son: 

La falta de espacio y ejercicio. El perro necesita moverse, pasear, correr para estar en forma y ser feliz. 

Demasiada soledad. Es una de las causas más habituales que desencadenan problemas de conducta en los perros. En muchos casos no se tiene en cuenta que se trata de animales sociales, que necesitan no sólo tres paseos al día, sino compartir la vida con su familia y no estar la mayor parte del día en soledad. 

La falta de estímulos. Los perros necesitan jugar, relacionarse con otros congéneres, contacto físico, pasear o perseguir la pelota que le lanzan sus dueños. 

La carencia de afecto. A los perros les gusta recibir caricias, cariño, demostraciones de amor y también poder transmitirlas a su familia humana.

El perro, sobre todo en la ciudad, tiene que adaptarse a condiciones que no se ajustan a su naturaleza. Desde el punto de vista genético no está preparado para vivir en un piso, aceptar la correa, o ceñirse a una rutina horaria.

Por ello, en la medida de lo posible, hay que procurar que el perro pueda desarrollar su tendencia natural como especie canina; corretear por el campo, relacionarse con otros congéneres y con sus dueños o dar largos paseos, son oportunidades y válvulas de escape que aportarán al perro equilibrio y felicidad. 

Si el decaimiento o depresión estacional no se superan, existen medicamentos específicos para tratar la depresión canina, que son muy similares a los que se administra a las personas. Pero lo ideal es prevenir esta enfermedad atendiendo, no sólo las necesidades físicas del perro, sino también sus requerimientos emocionales.

 

 

 

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