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Cuando las mascotas cuidan de sus dueños.

 

Ayudan a los niños aprender con más rapidez y rejuvenecen a las personas mayores. 






Una conclusión generalizada en todo el mundo desarrollado es que las personas que tienen mascotas gozan de una mejor salud. Aunque no existen muchos estudios sobre la materia, los pocos que hay señalan que tener un compañero de cuatro patas reduce la tensión arterial, el colesterol, el estrés, mejora las relaciones sociales. Un largo etcétera de beneficios que tiene además su aplicación terapéutica.

En España, varias organizaciones prestan estos servicios, como la “Fundación Caballo Amigo”, sita en la localidad madrileña de Villafranca del Castillo. Allí acuden cada semana cerca de 60 personas con distintas afecciones a recibir sesiones de equinoterapia, una alternativa terapéutica que, a través del movimiento del caballo, trata diferentes problemas físicos y mentales.

"La gran ventaja de trabajar con animales es la motivación que generan", explica a elmundo.es Naza Hernández, terapeuta ocupacional y presidenta de la Asociación Acavall, que ofrece terapias con caballos y perros en Valencia. Muchas de las actividades que se hacen en las sesiones se desarrollan igual en una clase, como enseñar a alguien qué pasos a seguir para vestirse, "pero los resultados son mejores cuando trabajamos junto con el animal”. “Se trata de un mediador que nos permite llegar al usuario más fácilmente", añade.

Los expertos en la materia distinguen dos tipos de intervenciones asistidas con animales. "Las actividades, que son lúdicas y pueden tener un fruto terapéutico pero no están planificadas; y las intervenciones, que requieren una preparación, fijar objetivos, un equipo de expertos y siempre están dirigidas por un terapeuta", señala Francesc Ristol, director del Centre de Teràpies Assistides amb Cans de Sitges (Barcelona). Su organización trabaja con perros, el otro animal de terapia por excelencia además del caballo.

De los veinte que tienen en la actualidad en nómina, "la mayoría tiene un estándar de trabajo pero hay algunos que son específicos para tratar el autismo y otros para la parálisis cerebral infantil". Cada paciente tiene unas necesidades a las que se debe adaptar la herramienta terapéutica, en este caso, el animal. Si todo sale bien, "está demostrado que podemos conseguir los objetivos terapéuticos en menos tiempo", afirma este técnico en terapias asistidas con animales.

Cada tipo de animal es útil para distintas cosas pero todos los expertos consultados por elmundo.es advierten de lo mismo: los animales no curan enfermedades. "Los usamos para estimular a la persona, para captar su atención durante la sesión y así poder trabajar mejor", explica Ristol. Los 'perros manta', especialmente entrenados para permanecer 30 ó 40 minutos quietos, son un buen ejemplo. Sobre ellos, se posiciona a los niños con parálisis cerebral. Gracias a la temperatura corporal, a los ruidos internos del animal, se relajan más fácilmente lo que facilita el trabajo de los terapeutas.

LA TERCERA EDAD.

Según el etólogo Guillermo Elzo, las personas de la tercera edad que tienen mascotas se encuentran mejor física y psíquicamente.

Recientes estudios demuestran que las personas de la tercera edad que tienen mascotas, sus ganas de vivir son mucho más fuertes, hacen más ejercicios diariamente, interactúan más dentro de la sociedad, ejercitan sus músculos constantemente y, por último, sus capacidades mentales sufren menos el deterioro de los años.  Elzo recuerda que regaló  un cachorrito a su padre, cuando cumplió 84 años y fue su amigo inseparable por un largo periodo de tiempo. “Este amigo juguetón de cuatro patas llenó un espacio vacío en su casa, sus conversaciones cuando solíamos estar juntos se centraban principalmente en relatarme las diferentes cosas que hacía su perro, lo inteligente que era, las gracias que hacía y el tiempo que le demandaba preocuparse de él. Aunque a veces se quejaba por algún destrozo que le había ocasionado no es menos cierto que yo notaba que Florín, su peludo amigo, lo era todo para él. Los diez años que vivió junto a él fueron lindos para ambos, se ayudaron y acompañaron mutuamente, nunca sufrió ninguna enfermedad que lo imposibilitara, los paseos diarios lo ayudaban a realizar ejercicio y su mente estuvo lúcida hasta el último de sus días. Tanto fue el amor que ambos se profesaban que, posteriormente al fallecimiento de mi padre, el carácter y la actitud de Florín sufrió un cambio irreversible, no tenía ya más ganas de vivir y nada ni nadie lo hacía estar contento”.

 

 

 

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