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Editorial

 

  
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El bozal de la discordia.

U
n proyecto serio y justo de integración, como es que los perros puedan viajar en el tranvía de Zaragoza en compañía de sus dueños, está a punto de naufragar antes de ponerse en marcha. Se va a pique por una simple cuestión semántica y una reacción emocional de algunos colectivos.

La norma que se prepara contempla la posibilidad de que  las mascotas viajen en un transporte público si llevan bozal. Inmediatamente se han levantado voces de oposición ante la obligación de que los perros tengan que llevar este aparato que limita los libres movimientos de nuestra mascota, limitación que consideran vejatoria y cruel para los animales.

Es cierto que la palabra bozal tiene una mala reputación, quizás debido a que, en muchas ocasiones, se ha empleado de modo cruel. No se puede negar que el bozal limita los libres movimientos de las mandíbulas de un perro, pero en otras muchas ocasiones, el bozal es un protector del mismo animal ya que es un aparato que impide que el perro que está a dieta pueda comer del suelo alimentos perjudiciales o para evitar las peleas y agresiones con otros perros.

La legislación española obliga al uso del bozal en ejemplares de razas potencialmente peligrosas, según la calificación en vigor desde 2002. Un listado de ocho razas en la que están de acuerdo veterinarios y criadores de perros.

Por otro lado, se exige el empleo del bozal cuando se lleva un perro a la consulta de un veterinario.

Son circunstancias en las que el uso del bozal no tiene sentido de instrumento de crueldad ni de tortura, sino de protección y defensa.

Angel de Uña y Villamediana
Periodista
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